EDITORIAL

La ansiedad de no tener IA: cuando la respuesta inmediata desplaza el pensamiento propio

La ansiedad de no

Foto: Chicureo Hoy

La llamada “AI-less-phobia” revela una inquietud que va más allá de lo tecnológico. Esta columna reflexiona sobre cómo la dependencia de respuestas instantáneas puede erosionar la duda, la espera y la construcción de una voz propia.

El creciente interés que han generado los desarrollos tecnológicos y la IA, también ha suscitado la emergencia de alarmas relacionadas con su uso y sus efectos en el psiquismo, principalmente, de niños, niñas y adolescentes. La inquietud es comprensible.

Por eso es necesario ocuparnos del modo de enunciar este fenómeno, para dirigir nuestros esfuerzos en una dirección que nos haga sentido y que produzca sentido.

Nos estamos encontrando no sólo con un uso excesivo de herramientas tecnológicas en nuestro diario vivir, sino con un cambio en modo de habitar el saber, y sobretodo, el no-saber.

La IA ofrece una ilusión de acceso a respuestas disponibles de modo inmediato, organizadas, completas y sin vacilaciones. Una especie de Genio con su Lámpara, quien puede responder ilimitadamente a cuanta pregunta se le haga.

Y eso tiene un efecto profundamente tranquilizador: el retorno de la ilusión de un “Otro” (la IA) que sabe, que responde sin fisuras, que no duda, y donde el saber aparece como completo.

Qué alivio contar con un instrumento que asegure un entregable confiable, rápido, objetivo y a medida, y que recubra aquellas áreas donde sabemos que no sabemos.

Pero ese mismo alivio tiene un costo: lo propio. Porque lo propio no es total sino parcial, tentativo, discutible. Es personal, e implica una posición subjetiva frente a sí mismo y a los otros.

Lo propio es humano, y está mediado por la historia personal y contexto cultural. Desde la perspectiva de Donald Winnicott, el desarrollo psíquico no ocurre en condiciones perfectas, sino en un ambiente “lo suficientemente bueno”.

Es decir, en un equilibrio delicado entre presencia y ausencia, entre respuesta y falta, entre sostén y frustración. En ese espacio es donde emerge el pensamiento.

No es la completitud lo que permite pensar, sino justamente la existencia de una falla, un margen: algo que no está dado del todo, algo que exige elaboración.“Exijo una explicación”, diría Condorito.

En contraste, las tecnologías actuales tienden a reducir ese margen. No hay espera, no hay error en el sentido humano, no hay resistencia. Pensar implica tolerar cierta incomodidad.

No entender del todo. Demorarse. Volver atrás. Probar. Equivocarse. Sin esa experiencia, el conocimiento puede existir… pero no necesariamente se vuelve propio.

Y sostener una posición implica aceptar algo que hoy resulta cada vez más difícil: arriesgarse a mostrar que no se sabe todo, que se puede estar equivocado, que otro puede ver algo distinto, que no se es excepcional, ni excelente.

En este contexto se ha acuñado el concepto de la AI-less-phobia, que describe el miedo (phobia/fobia) de no contar con herramientas de IA para estudiar y/o realizar tareas académicas, y la ansiedad por no poder cumplir con las expectativas académicas o sentirse en desventaja en relación con otros que sí la usan según un estudio liderado por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Junto a otras casas de estudio, detectó que un 4,7% de adolescentes presenta riesgo de desarrollar una relación problemática con la inteligencia artificial en tareas escolares.

En ese sentido, la AI-less-phobia podría pensarse como una formación sintomática que intenta resolver la dificultad para sostener la duda, la presión por rendir, la incomodidad de no saber, el peso de tener que producir respuestas correctas en tiempos cada vez más breves, y la frustración de reconocerse (simplemente) suficientes en un entorno que parece esperar excelentes.

Tal vez por eso la discusión no se agota en si los estudiantes deberían o no usar estas herramientas.

Esa pregunta, aunque necesaria, puede dejar fuera algo más complejo: qué condiciones hacen que ese uso se vuelva tan necesario, y por qué necesitamos que algo piense y resuelva por nosotros.

Y en ese punto, los adultos difícilmente quedamos fuera. La preocupación por los adolescentes suele formularse como si se tratara de un fenómeno ajeno. Sin embargo, la lógica de la inmediatez, de la respuesta rápida, de la evitación del malestar, organiza también buena parte de la vida adulta.

También nosotros interrumpimos silencios con pantallas, evitamos la espera, buscamos resolver rápido lo que incomoda: nos esforzamos por mostrarnos completos. Y en ese sentido, el fenómeno en cuestión no es sólo generacional, sino cultural.

Tal vez no se trata de rechazar la IA ni de idealizar un pasado sin ella, sino de algo más sutil: dejar de llenar con respuestas inmediatas aquello que requiere tiempo y maduración, y volver a hacer lugar para lo suficiente.

… una idea que no cierra del todo.
… una respuesta que tarda.
… una palabra propia que puede ser cuestionada.

… un dolor que requiere tiempo y compañía para ser sanado.

… una columna que no aborde todo, y que no se apure por dar tips y soluciones rápidas y de manual.

Quizás se trate de volver a abrir espacios para todos, que inviten, que incluyan, que habiliten la vivencia de la incomodidad y el disfrute de ofrecer y recibir producciones de autor.

No como demostraciones de una originalidad excepcional. Sino como la posibilidad, mucho más simple y más difícil, de autorizarse a ser, excepcionalmente suficientes.

Karen Saalfeld

Psicóloga P. Universidad Católica de Chile

Mg. Psicología Clínica, mención Psicoanálisis