Latinoamérica enfrenta una contradicción creciente: mientras figura entre las regiones con mayor conectividad digital, enfrenta una creciente soledad. Chile forma parte de esta realidad, marcada por el uso masivo de teléfonos inteligentes y mensajería, junto con nuevas relaciones mediadas por inteligencia artificial (IA).
Según la empresa de comunicaciones Infobip, la penetración de WhatsApp en los países latinoamericanos se ubica entre 80% y 90%, según el mercado, mientras Instagram y tecnologías como RCS alcanzan cifras cercanas al 50%.
Sin embargo, esta intensa actividad digital convive con un problema que la Organización Mundial de la Salud considera una amenaza para la salud pública: casi una de cada seis personas en el mundo asegura sentirse sola, proporción que aumenta entre adolescentes y adultos jóvenes.
A lo anterior se suma una estimación de que alrededor de 100 personas mueren cada hora por causas relacionadas con la soledad.
En este escenario han ganado espacio los compañeros de inteligencia artificial. Estas plataformas no funcionan como redes sociales ni aplicaciones de citas, sino que están diseñadas para mantener conversaciones afectivas, escuchar, acompañar e incluso simular vínculos románticos.
El fenómeno ya reúne a millones de personas y se proyecta actualmente como una de las áreas de mayor expansión del software de consumo.
Entre 2022 y mediados de 2025, el número de aplicaciones de compañía basadas en IA aumentó 700%, según mediciones de la industria. Character.AI registra cerca de 233 millones de usuarios, de los cuales 57% tiene entre 18 y 24 años. Replika suma decenas de millones de cuentas.
My AI, integrado en Snapchat, superó los 150 millones de usuarios y acumuló 10.000 millones de mensajes durante sus primeros dos meses.
Las interacciones románticas han ganado relevancia. En Estados Unidos, el 19% de los adultos ya conversó con un sistema de IA creado para simular una pareja. La cifra aumenta entre jóvenes. Un estudio de 2025 del Wheatley Institute de Brigham Young University señaló que el 31% de los hombres jóvenes había hablado con una pareja romántica artificial, frente al 23% de las mujeres.
Una encuesta de Infobip mostró que la mitad de los consultados, adultos de entre 35 y 44 años, reconoció haber coqueteado alguna vez con un chatbot. La principal razón fue la curiosidad: 47,2% dijo haberlo hecho para explorar sus respuestas. Otro 23,9% explicó que se sentía solo y encontró consuelo en esas conversaciones.
El informe Singles in America, de Match, registró otro cambio. Actualmente, el 26% de los solteros utiliza herramientas de inteligencia artificial para mejorar su vida amorosa, lo que representa un incremento de 333% frente a 2024.
El crecimiento de estos vínculos también se observa en la evolución de la mensajería. Infobip analizó 3,8 billones de mensajes durante dos décadas y 628.000 millones de interacciones móviles en 2025. El estudio concluyó que la comunicación limitada a un solo canal cayó al 2,3%, mientras el 98% combina varios canales.
El SMS conserva un papel relevante y concentra 62% del tráfico, pero el mayor crecimiento proviene de formatos conversacionales. WhatsApp reúne el 91% de las interacciones de IA conversacional dentro de la plataforma de Infobip y registró un avance interanual de 25%. El RCS, conocido como el SMS de nueva generación, triplicó su uso global en un año y aumentó siete veces en América Latina.
“La IA conversacional puede acompañar, recordar y responder con empatía, y eso explica por qué en una región tan conectada como América Latina la conversación con una máquina se vuelve cotidiana. El desafío no es técnico, es ético: diseñar experiencias que sumen al bienestar de las personas y no que reemplacen sus vínculos reales”, afirmó Janeth Rodríguez, VP Revenue de Infobip para LATAM.
La expansión de estos sistemas abre oportunidades, pero también responsabilidades. Empresas, gobiernos y plataformas comienzan a discutir normas de transparencia, verificación de edad y diseño responsable.
En una región con altos niveles de ansiedad, el debate ya no consiste en determinar si la IA participará en la vida afectiva, sino en establecer cómo lo hará sin profundizar el aislamiento ni sustituir las relaciones humanas.


