Vivimos conectados, y no sólo en el sentido tecnológico. También lo estamos de manera inmediata, emocional y social. Lo que ocurre en un punto de la vida cotidiana se expande rápidamente hacia otros espacios, tensionando vínculos, hábitos y decisiones.
Hace unas semanas, por ejemplo, las estaciones de servicio de combustible colapsaron. Se vieron largas filas de automovilistas que querían llenar sus estanques ante el alza histórica del precio de la bencina, considerando que se prevé que seguirá el alza en promedio de $30 pesos por litro de acuerdo con el actual funcionamiento del MEPCO. La escena, que para algunos parecía absurda y exagerada, para otros representaba una necesidad real y urgente.
Allí estaban los conductores, ansiosos, perdiendo la paciencia mientras esperaban su turno con la fantasía de que quizá ya no alcanzaría el combustible. Otros, en cambio, vivían la espera como un dato anecdótico, pero al mismo tiempo como parte de una historia mayor. También estaban los peatones y ciclistas, quienes vieron interrumpido su tránsito por veredas y ciclovías y reaccionaron con molestia, incluso con insultos, hacia quienes esperaban cargar combustible.
Así, sin más, se instaló una tensión que fue creciendo de ida y vuelta. Los trabajadores de las bencineras, por su parte, intentaban apurarse y ofrecer un buen servicio, aunque con angustia y temor frente a un posible desborde.
Frente a esta escena cabe preguntar si una situación como esta ya tensiona las relaciones en el espacio público ¿qué ocurrirá en los núcleos familiares? Porque el alza de los combustibles no sólo afecta al transporte. Afecta, de manera directa, la vida de cada uno de nosotros dentro de nuestros grupos familiares. Tal vez aún no se toma plena conciencia del impacto, pero éste es mayor de lo que parece, y quienes más lo resentirán serán, una vez más, las familias más vulnerables.
El aumento del combustible repercute en el costo de la vida y empuja al alza la canasta básica, que se estima podría subir entre un 5% y un 10% respecto del año anterior. En el caso de las familias más pobres, la decisión es todavía más profunda, porque afecta directamente el bienestar y la calidad de vida. La alimentación, la vivienda y el transporte se convierten en bienes de primera necesidad sometidos a una presión constante. El presupuesto familiar se sobrepasa, se desordena y termina produciendo un efecto dominó que difícilmente puede detenerse.
Estas decisiones no sólo golpean el bolsillo; también tensan la convivencia. Cambian los estados de ánimo y aparece una especie de sesgo individual, donde nadie quiere ceder porque cada persona considera que sus prioridades son las más importantes. Y, además, no faltan los juicios externos. Se escuchan frases como “no tienen ni para comer, pero tienen auto”, expresiones que muchos creerían superadas, pero que siguen presentes en el cotidiano y revelan la dureza con que solemos mirar la pobreza ajena.
Por eso, esta realidad nos obliga a volver al diálogo. ¿Cómo puede ser tan difícil conversar, escuchar y tomar acuerdos? Aquello que parece simple y cotidiano se transforma en un desafío cargado de temores. En vez de pensar como familia, muchas veces reaccionamos desde el miedo.
Sin embargo, hoy más que nunca necesitamos decirnos lo contrario: conversemos, veamos cómo transitamos juntos, cedemos un poco, acomodémonos a este nuevo escenario económico y social sin perder la unidad, las relaciones, la convivencia ni, en lo posible, el bienestar.
Si como humanidad fuimos capaces de enfrentar una pandemia, entonces vale la pena preguntarse qué aprendimos de ella. Si pudimos ser solidarios y acompañarnos en ese proceso, también podemos hacerlo ahora. Quiero creer que sí. Volvamos entonces a buscar mejores precios, a compartir el auto, a organizarnos con los vecinos, a reorganizar rutinas, planificar y tomar decisiones informadas.
Mientras en el mundo se explora y orbita la luna, en la Tierra sigue siendo imprescindible poner los pies sobre ella y sacar lo mejor de nosotros para cuidar la armonía al interior de la familia.
Carmen Lamilla Almuna
Directora de Trabajo Social Advance de la UNAB
