EDITORIAL

Lo que Colina esconde bajo la alfombra

Vecina de Chamisero nos cuenta su experiencia en el transporte de la comuna

Martes 8:00 am y un furgón baja su vidrio y me dice “al metro por luca”. Ante la oferta y mi apuro no dudo tomarlo para llegar a mi trabajo. Después de eso me doy cuenta que estoy ante una situación de transporte irregular que es la única forma de salir de Chamisero, para evitar hacer trasbordos en la carretera.

Ya en el minibús alrededor de 10 compatriotas comparten mi trayecto, todo muy normal y tranquilo, hasta llegar al metro Vespucio Norte en 25 minutos, donde el amable conductor nos invita a bajar con su despedida “recuerden que todos somos familia”, a pocos metros de una patrulla de Carabineros.

Mi traslado continúa con un metro y luego una combinación de metro, ya a las 9:30 acumulo tres fórmulas de locomoción para llegar a mi destino: el centro de Santiago.

De regreso el periplo no es tan fácil. Ya me habían comentado que desde el metro Vespucio Norte, salían los mismos furgones clandestinos por las calles aledañas, para llegar directo a Chamisero. A eso de las 18 horas, intento buscar minibuses, furgones u otro que me devuelvan a mi hogar, pero nada. “Es que fiscalizaron y ya no saldrán furgones por hoy”, “solo llegamos al cruce Chicureo”, “están parteando, así que no”. Ante las negativas no me queda otra opción que tomar un bus “legal” a Colina desde la estación Intermodal, sin posibilidades de llegar directo a Chamisero.

Mi primera vez y una fila de 20 personas esperando el mismo destino “por la caletera”. 30 minutos de espera y llega el bus que me asegura bajar en el cruce Chicureo, donde debo tomar otra micro para llegar a Chamisero. Así lo hago, llego al cruce afuera de “Puertas de Chicureo” y espero una nueva locomoción que me lleva a mi casa. Ya eran las 19:30 y acumulo un metro, un trasbordo de metro, un bus y espero mi cuarta opción: la micro local. A las 20 horas logro llegar a destino, con el peso de pensar que muchas personas inician la aventura a diario, de ida y de vuelta, desde y hacia Santiago; lo que tristemente me quita el cansancio por ese día.

Miércoles 8:00 am. Leo en twitter varios tacos en las autopistas, un accidente y no transita ningún tipo de locomoción. En el intertanto advierto que los autos particulares -casi en su totalidad- llevan un ocupante: el conductor. Una micro azul se acerca y para, ya somos dos en el paradero. Me acompaña una trabajadora colombiana que va a hacer trámites a Mapocho. Le pido al conductor ir a Santiago y me dice “no, no, solo voy al cruce”. Sin muchas alternativas a la vista, le pido que nos acerque y pese a que iba fuera de recorrido nos lleva.

Ya en “el cruce”, de inmediato se acerca un bus a Estación Mapocho que no dudo en tomar. Y allí pocos kilómetros después -en el peaje- se asoma un majestuoso taco, provocado por un choque por alcance. El conductor del bus comenta que “nos tardaremos porque hay un accidente grande que lleva 40 minutos deteniendo la ruta”. Es así como llego a Mapocho a las 9:30, en un microbus repleto, sentada en la caja del motor que me permite el chofer. Allí tomo una vez más el metro, evito un nuevo trasbordo por lo que camino desde Santa Ana a mi destino 20 minutos más.

Mi regreso a casa es más fluido porque ya no busco furgones piratas sino que voy directo a la fila del andén 3 de la Intermodal, espero mi bus a la “caletera” me bajo en el cruce, tomo mi microbus local a Chamisero y llego a casa a las 19:30, gano media hora de vida junto a mi familia.

Jueves 7:30 am. Salgo más temprano para alcanzar el bus amarillo de Piedra Roja que transita por la autopista Radial Nororiente, que si bien es más caro, con seguridad me deja en el metro Escuela Militar. Pero fallo en mis cálculos, luego que un transeúnte me dice “ya pasó a las 7:10”. Espero hasta las 8:00 un furgón pirata para repetir mi hazaña del primer día. Allí me encuentro con un trabajador que viaja a Maipú con quien converso de nuestras vidas por media hora; él me asegura que el furgón pirata pasará, sin embargo llama por teléfono a dos de ellos que conoce; uno resultó estar en panne, el otro no pasará “por las fiscalizaciones”.

La demora me lleva a optar por salir a la carretera desde Chamisero y tomo una micro local a las 8:00. Luego en el cruce Chicureo espero bus a Santiago, ya sea Mapocho o Vespucio Norte; había aprendido que podían ser mis dos destinos.

8:30 am y aún no pasa un bus. En ese momento se detiene un auto particular, conducido por un extranjero, quien baja el vidrio y dice a viva voz “metro Estación Central”. Al principio dudo, me acerco, miro y veo que se suben dos mujeres y un hombre; queda un espacio y me decido. Agradezco al conductor, pago y me voy tranquila en el auto por una nueva ruta que prefiere la salida General Velásquez, lo que me acerca a un metro. 9:15 am llegamos a Universidad de Santiago, el conductor me dice “mami le sirve este metro” en tono de pregunta; asiento, agradezco y bajo veloz para llegar a tiempo a mi trabajo.

Luego del reportaje de TVN “Los Transpiratas” que graficó la situación del “Colina Clandestino”, leí una declaración del alcalde local que comenta que “tenemos un sistema de transporte público que es del siglo pasado. Tiene que producirse una revolución en transporte público a nivel rural”. Sumo el antecedente de masivos tacos, accidentes y críticas abundantes a la puesta en marcha del semáforo de Avenida del Valle con Los Libertadores. Ni hablar de los costos asociados, ya sea para vehículos particulares o pasajeros por concepto de peajes y pasajes.

Colina se destaca por muchas buenas noticias, por su gente, por la multiculturalidad, por la moderna calidad de vida y al mismo tiempo, la conservación de nuestras tradiciones. Pero está profundamente al debe en transporte público, muy lejos de la tendencia mundial que apunta a dejar el auto en casa, a evitar un auto con un solo ocupante por los altos índices de contaminación que esto genera. No es solo un cambio práctico de licitaciones, buses de mejor calidad, mejoramiento en las rutas y todo lo que ello implica; es la necesidad de un cambio de mentalidad ciudadana, un cambio cultural y abundante inversión pública y privada dirigida a la calidad de vida.

Hoy no sé aún en qué volveré a Chamisero, pero agradeceré haber pinchado un neumático de mi auto y aún no tener tiempo de llevarlo al taller; de lo contrario no habría conocido el “lado B” de Colina.

María Elizabeth Soto Parada, vecina de Chamisero.

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