Las recientes amenazas de tiroteos en colegios han encendido alarmas reales y justificadas en las comunidades educativas. No solo por su gravedad simbólica, sino también por sus efectos concretos, ya que activan protocolos de emergencia, movilizan recursos públicos y generan temor en estudiantes, docentes y familias.
Comprender este fenómeno exige ir más allá de respuestas rápidas o explicaciones simplistas. No toda amenaza implica una intención concreta de daño, pero ninguna puede ser minimizada. El desafío está en sostener una mirada equilibrada que no banalice el acto, pero que tampoco lo reduzca a un problema individual.
La evidencia en adolescencia muestra que estas conductas surgen de una convergencia compleja de factores. Entre ellos, dificultades en la elaboración emocional, una fuerte influencia del entorno y de los pares, la exposición constante a contenidos de alto impacto y transformaciones en la relación con la autoridad. No se trata únicamente de jóvenes aislados o en crisis, sino también de adolescentes socialmente integrados, para quienes la transgresión puede operar como una forma de visibilidad, pertenencia o posicionamiento.
Desde una perspectiva clínica, estos actos pueden entenderse como formas de expresión que emergen cuando la palabra no logra canalizar lo que ocurre internamente. Cuando la palabra falla, el acto aparece como sustituto. Al mismo tiempo, responden a una necesidad de generar experiencia en un entorno marcado por la sobreestimulación, pero con escasa elaboración subjetiva. No solo descargan tensión, también buscan provocar impacto, reacción o sentido.
Este fenómeno no puede analizarse sin considerar el contexto cultural actual. La violencia circula de manera permanente, especialmente a través de redes sociales, lo que eleva el umbral de impacto y contribuye a una progresiva desensibilización. Cuando todo parece impactar, nada logra hacerlo con la misma profundidad.
A esto se suma una percepción creciente de debilitamiento de la autoridad y de inconsistencia en la aplicación de consecuencias. Frente a ello, surge una demanda social por sanciones inmediatas y ejemplares. Sin embargo, cuando estas respuestas no se sostienen en procesos consistentes, tienden a reproducir una lógica reactiva más que reflexiva. Esa dinámica recuerda la figura de la Reina de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas, donde la orden de castigo aparece de forma impulsiva, sin un sustento real.
En este escenario surge una paradoja evidente. Mientras se cuestiona la impulsividad en los adolescentes, las respuestas adultas también tienden a volverse más inmediatas, polarizadas e intensas. No se trata de atribuir responsabilidades, sino de reconocer que el contexto cultural atraviesa a toda la sociedad.
Tal como planteó Sigmund Freud en El malestar en la cultura, la vida en sociedad implica una tensión constante entre el deseo y la norma. Lo que parece haberse debilitado es la capacidad de procesar ese malestar y transformarlo en algo elaborable.
En este marco, el acto disruptivo puede aparecer como una forma de irrumpir en una cierta anestesia social, buscando generar una reacción o una experiencia. La canción Nada Personal de Soda Stereo ya advertía sobre esa desconexión emocional que atraviesa la cultura contemporánea. El problema es que, cuando esto ocurre sin mediación simbólica, las consecuencias pasan a ser reales y potencialmente dañinas.
El desafío no es solo sancionar, aunque sancionar sea necesario. También implica comprender estas conductas en su complejidad, fortalecer espacios de escucha en las comunidades educativas, evaluar adecuadamente los niveles de riesgo en cada caso y recuperar una autoridad que no se limite a reaccionar, sino que sea capaz de sostenerse desde una posición coherente y con sentido.
Más que endurecer las respuestas, el reto es complejizarlas. No para justificar los actos, sino para responder de manera más efectiva. Cuando los actos reemplazan a la palabra, la tarea no es únicamente detenerlos, sino generar condiciones para que aquello que no pudo ser dicho pueda finalmente elaborarse.
Karen Saalfeld
Psicóloga P. Universidad Católica de Chile
Mg. Psicología Clínica, mención Psicoanálisis
